«No pareces mamá». Me lo dijeron el otro día y se sintió menos como un cumplido y más como una advertencia.
¿En qué momento compramos la idea de que la buena maternidad es sinónimo de desdibujarnos, descuidarnos y cargarnos de culpa? Históricamente nos han enseñado que la madre perfecta es la sacrificada, la que se deja para el final, la que no tiene tiempo ni para mirarse al espejo.
Pero ahí está la trampa y la enorme contradicción de lo que se nos exige hoy en día.
Nos piden que seamos TODO. Que trabajemos como si no tuviéramos hijos, pero que criemos como si no tuviéramos un trabajo. Nos exigen ser profesionales exitosas, mamás presentes y entregadas, mantener la casa impecable, estar siempre arregladas y, por supuesto, estar en forma. Ah, pero si te ven levantándote a las 4:00 am a entrenar y a reclamar un espacio que es solo tuyo, entonces eres «vanidosa» o «egoísta». De cualquier manera, las mujeres tenemos que tener un cuerpo de revista y si somos madres debemos parecer que no pasamos por 9 meses de cambios y un postparto?
Si te descuidas, te juzgan por «dejarte ir». Si te cuidas, te critican por no estar 100% enfocada en tus hijos. Es un juego diseñado para que siempre perdamos.
Y para no quedarme señalando solo un lado de la balanza: tampoco se trata de perseguir el cuerpo de una creadora de contenido con luz perfecta, dos horas de rutina y una genética —o un presupuesto— que no todas tenemos. Esa presión también nos enferma, también nos hace sentir insuficientes; solo que viene disfrazada de «amor propio». No se trata de ser la mamá sacrificada ni la mamá Barbie. Se trata de encontrar lo que a mí, en mi cuerpo, en mi rutina, en mi realidad, me hace sentir bien.
Ya va siendo hora de jubilar la culpa y entender que para cuidar a otros, primero tenemos que sostenernos a nosotras mismas. Ni el descuido es una medalla de honor, ni el autocuidado es un pecado, ni la meta es parecernos a una Barbie. La meta es parecernos a nosotras mismas: completas, cuidadas y en paz con el cuerpo que nos trajo hasta aquí.


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