Hay momentos en la maternidad que nadie nos menciona y que además llegan en silencio y en cada una de una manera diferente. Entre una rutina y otra, cuando nos detenemos frente al espejo y sentimos que algo ya no encaja. El rostro sigue ahí. El cuerpo sigue ahí. Pero por dentro, hay una sensación difícil de nombrar: ya no soy la misma. Y no hablo exclusivamente del cuerpo como tal, me refiero a algo más, algo por dentro, algo dentro de mi.
Para muchas madres autonomas (solteras), ese instante puede doler todavía más porque además de criar, sostener y resolver, también aparece la exigencia de seguir siendo fuertes, funcionales y agradecidas. Y en medio de todo eso, a veces vivimos un duelo invisible: el de la mujer que fuimos.
Ser madre transforma. Ser madre soltera transforma aún más. No solo cambia la agenda, cambia la identidad, las prioridades, la energía y la forma de mirar el mundo, así como la forma que el mundo nos ve a nosotras y que muchas veces lastimosamente no es positivo y por eso, pesa aún más, porque batallamos este duelo con la presión y el estigma de una sociedad que aún señala bastante a las mujeres que criamos solas.
Y aunque hay amor, propósito y entrega, también puede haber tristeza porque una parte de nosotras extraña a esa mujer que tenía otros ritmos, otros sueños y otra manera de habitarse.
Hoy te digo: eso no te hace mala madre, te hace humana.
Ahora, quiero que te quedes con esto. Hay duelos que sí reciben nombre. Otros no. Este suele quedarse escondido detrás de frases como:
- “Tengo que adaptarme.”
- “No debería quejarme.”
- “Hay gente que está peor.”
- “Ya pasó, ahora toca seguir.”
Pero el corazón no siempre funciona a base de los -deberías-.
A veces se llora por la versión de una misma que ya no volverá igual, eso llega en noches que nos inundamos de pensamientos, llega en angustias sobre las cosas que habiamos soñado que dudamos si lo podemos lograr, llega un domingo al mediodia mientras tu estas con tu bebé en tus brazos y los demás almuerzan más tranquilos. Se llora por la espontaneidad perdida. Por el cuerpo cambiado. Por la relación que no fue. Por la seguridad que se quebró. Por la mujer que soñaba de otra manera.
Ese duelo merece espacio, merece habitarlo, mereces transitarlo y permitirte volver a nacer y crecer junto a tu bebé.
Cuando una madre dice: “me miré al espejo y no me reconocí”, muchas veces no está hablando solo de su imagen como lo mencioné más atrás, está hablando de una desconexión más profunda y lo que duele puede ser:
- no reconocerse en el cansancio
- sentir que nosotras como mujeres quedamos en pausa
- notar que todo gira alrededor de sostener a otros
- extrañar la libertad de antes
- pensar que para maternar bien hubo que dejarnos a nosotras mismas para después
Y a veces se cree que aceptar esta nueva etapa significa renunciar a la mujer que fuimos. No es así. Reconstruirse no borra la historia, abre la oportunidad de construir a una nueva.
La mujer que eras no desapareció. Está hecha de memoria, de aprendizaje, de sensibilidad, de heridas y de fuerza. Hoy no se expresa igual porque la vida te puso en otro lugar pero sigue viva en ti.
La pregunta no es cómo volver a ser la de antes. La pregunta puede ser otra:
¿Cómo me cuido para volver a encontrarme y conocerme en esta versión de mi vida?
Aqui te dejo una lista de pequeños pasos para transitar ese duelo
Pues no te presiones, no necesitas ir rápido o a grandes pasos para una gran transformación, a veces se necesitas volver a empezar por gestos muy pequeños:
- miráte con menos dureza
- descansa sin justificarte (se que es complejo pero a veces ese pequeño espacio de minutos que puedas tener, no lo desaproveches)
- pide ayuda sin sentir culpa
- retoma una actividad que te recuerde quién eres
- escribe lo que sientes sin censura
- acepta que también puedes echar de menos tu antigua vida, es normal.
¡Repitete esto todos los días!
Ser madre no cancela a la mujer.
Ser madre autónoma (soltera) no te vuelve menos completa.
Sentir duelo no significa que no ames a tus hijos.
Tal vez hoy no te reconozcas del todo en el espejo. Está bien. No necesitas reconocerte de inmediato. Basta con empezar a mirarte con más compasión.
Si hoy sientes que no te reconoces, no te apresures a corregirte. Respira. Nombra lo que duele. Honra lo que has perdido. Y permite que el duelo exista sin convertirlo en culpa.
A veces reencontrarse no empieza con una respuesta.
Empieza con esta frase:
“Ya no soy la misma, y aun así sigo siendo yo.”
Y si quieres hablar, aquí estoy.
Con amor,
Ale.


Deja una respuesta